Los Orígenes de la Generación Beat
Era 1958 cuando Jack Kerouac, después de la publicación de En el camino, tras agobiantes años de espera, recorriendo el país en ferrocarriles, haciendo autostop, de fiesta en fiesta, planeando aventuras con sus compadres venerables, inventando historias, enamorándose, peleando, leyendo, fumando mariguana, bebiendo, escribiendo, inventando haikus, convirtiéndose vagabundo Zen, león de melena brillante que espera pacientemente sentado en el jardín de la vida; mientras el movimiento que había visto (y vivido) muchísimos años antes, respirar en las calles, era montado en el bárbaro escenario donde, condimentado con esa insensata y pueril envidia incomprensible del Los Imbeciles a Cargo, era prostituido, ignorancia abundante, y mediatizado hasta volver todo un horrible y confuso concepto devaluado y sin sentido; decidió escribir “The Origins of the Beat Generation”; era noviembre de 1958 cuando respondió a todas las criticas, los engaños, las mentiras, el desorden, la ignorancia, la incomprensión, y la estrecha visión dogmática de gran parte de la sociedad estadounidense; escrito a propósito para su participación en el Brandeis Forum (Brandeis University), aquella defensa en público puede leerse, bendita Internet, en la siguientes capturas de pantalla del Village Voice
Del texto, la traducción es de José Vicente Anaya, aparecido por primera vez en el suplemento Sábado del periódico Uno mas uno, el 5 de mayo de 1984.
Los Orígenes de la Generación Beat
Lo que voy a decir será, necesariamente, acerca de mi mismo. Siempre me salgo de mi mismo.
Aquella tonta fotografía que me tomaron y apareció en la portada de En el camino, fue de cuando yo había bajado de vivir, completamente solo, durante dos meses en una altísima montaña. Y por supuesto que yo estaba acostumbrado a peinarme, sobre todo porque tenia que pedir aventones en la carretera, y porque me gusta que las chavas me miren y piensen que soy un hombre y no una bestia salvaje. Mi amigo Gregory Corso se abrió su camiseta y saco una cadena con un crucifijo de plata y me dijo: “Ponte esto; úsalo por fuera de tu camisa, ¡y no te peines!” Así pase unos días vagando por San Francisco, acompañado por Gregory Corso y otros amigos como el; en fiestas, salas de arte, cualquier lado, sesiones de jazz, cantinas, lecturas de poesía, templos; caminando y hablando de la poesía en las calles (y en algún lado una extraña pandilla de pistoleros enloqueció y dijo: “Que derecho tiene el de usar ese crucifijo?” Y mi pandilla de músicos y poetas les dijeron que se calmaran).
Al tercer día la revista Mademoiselle quiso publicar fotos de todos nosotros; asi que pose con mi cabello salvaje y el crucifijo. Con Gregory Corso, Allen Ginsberg y Philip Whalen. La única publicación que no borró el crucifijo de mi pecho (sobre aquella camisa de manta sin mangas) fue The New York Times; por consiguiente The New York Times es tan beat como yo, y me da gusto tenerlo como amigo. Lo digo con sinceridad, Dios bendiga a The New York Times por no haber borrado el crucifijo sobre mi camisa, como si fuera algo desagradable. Y en los hechos ¿quién es el verdadero beat? Si tomamos la palabra beat como “noqueado”, los que borraron el crucifijo son unos noqueados, pero no The New York Times ni yo, ni mi amigo el poeta Gregory Corso. A mí no me avergüenza usar el crucifijo de mi Dios. Soy un beat porque creo en la Beatitud, y en que Dios amó tanto al mundo que le entregó a su único hijo. Estoy seguro de que ningún sacerdote me condenará al usar un crucifijo por fuera de mi camisa, en cualquier parte, sin importar el lugar donde yo esté; ni porque me tomen fotos en la revista Mademoiselle. Son otros los que no creen en Dios. Son esos aguzados sábelotodos marxistas y freudianos ¿Por qué no regresan dentro de un millón de años, angelitos, y me vuelven a hablar de todo el asunto?…

